Paracuellos: Territorio neandertal

    

 

Desde un punto de vista de un historiador y/o un arqueólogo, nuestro territorio es sencillamente una joya sin estudiar en profundidad. Desde que se documentaron los primeros restos de esta especie de homininos, siempre nos ha fascinado su existencia. Una especie más poderosa, robusta, mejor adaptada que nosotros y sin embargo acabó desapareciendo. Probablemente fruto de la poligamia, la antropofagia,  la reducción de sus asentamientos y distancias entre ellos, y la presencia de nuestra especie en sus hábitats fue su sentencia de muerte. Aunque hoy sabemos que los europeos somos portadores de algunos de sus genes y por tanto sobreviven de alguna manera. También sabemos que, durante mucho tiempo, se pensó que su menor inteligencia les condenó, pero no fue así como luego veremos. Pero ¿por qué este territorio fue para ellos algo más que un lugar de paso? ¿por qué merecen de nosotros algo más que la etiqueta de “primos evolutivos”? Los neandertales fueron, sencillamente, humanos y Paracuellos el territorio que eligieron para vivir.

            Quien haya contemplado el horizonte desde el Picón del Cura o los distintos miraderos, habrá comprendido intuitivamente lo que aquellos homininos debieron sentir hace entre 100.000 y 40.000 años. Paracuellos de Jarama no es una llanura anónima es un territorio en altura que controla visualmente extensiones enormes del corredor del Jarama y de la cuenca media del Tajo. Las manadas de grandes herbívoros (caballos, bisontes, rinocerontes lanudos, uros y ciervos) que atravesaban los valles fluviales durante sus ciclos migratorios eran perfectamente visibles desde los cerros paracuellenses. El control visual del territorio es, en la ecología de los cazadores-recolectores, un recurso tan valioso como el sílex o el agua: permite anticipar movimientos, planificar emboscadas y coordinar grupos de caza. La situación de Paracuellos, a caballo entre la ribera y las terrazas altas, ofrecía exactamente eso: un lugar desde donde leer el paisaje y tomar decisiones. No es aventurado pensar que los neandertales que frecuentaron este lugar lo hacían con una estrategia, no por azar.

            Los primeros datos sobre la presencia neandertal en Paracuellos se remontan a los años 30 del siglo pasado, cuando los doctores José Pérez de Barradas (1897-1981) y Hugo Obermaier (1877-1946) escriben en el Anuario de Prehistoria Madrileña (1930, 1933) los yacimientos con industria lítica localizados en nuestro término. A los útiles de tecnología achelense atribuibles a Homo heidelbergensis o “preneandertales”, se suman los elementos musterienses, característicos del Homo neanderthalensis. La tecnología musteriense no es una colección de piedras. Es el reflejo de una mente organizada. Las raederas, los denticulados, los cuchillos de dorso, las puntas, los núcleos cuidadosamente preparados mediante la técnica levallois, demuestran que cada pieza responde a una intención, a un conocimiento transmitido, a una cadena operativa que comienza en la selección de la materia prima y termina en el gesto preciso del retoque. En Paracuellos, la abundancia y variedad de estos artefactos (hallados de forma fortuita en superficie) sugiere algo más que una visita puntual.

            El registro material apunta a que este territorio pudo funcionar como un lugar de actividad intensiva: fabricación y talla de herramientas aprovechando los nódulos de sílex disponibles en los depósitos aluviales del Jarama; retoque y reavivado de piezas ya usadas para prolongar su vida útil; y muy probablemente actividades de despiece de las presas cobradas en las cacerías. La presencia de útiles en distintas fases de elaboración (desde los núcleos hasta las piezas retocadas) es un indicador clásico de ocupación recurrente y funcional del espacio. Paracuellos fue, con toda probabilidad, un lugar al que se volvía.


            A pocas horas de Paracuellos, en el valle del río Lozoya, en Pinilla del Valle, los yacimientos del Calvero de la Higuera (ambos BIC) ofrecen el contexto más próximo y revelador para entender qué clase de seres frecuentaron también nuestro municipio. Son los únicos enclaves de la Comunidad de Madrid donde se han hallado restos físicos de Homo neanderthalensis. En el verano de 2011 se recuperaron cuatro dientes de neandertal, tres de ellos de leche, pertenecientes a un individuo infantil de entre 2 y 3 años de edad, bautizado como “Lozoya” la niña neandertal, en referencia al valle del mismo nombre. Un ser diminuto que vivió y murió en estas sierras hace más de 40.000 años, y cuyos dientes de leche son hoy el único fósil humano neandertal de toda la Comunidad de Madrid. Ese hallazgo, tan pequeño y tan enorme al mismo tiempo, nos recuerda que hablamos de individuos concretos: niños, familias, grupos que compartían un territorio y una memoria.

Imagen de la niña neandertal "Lozoya". Generada con IA

            Pero lo verdaderamente revolucionario de Pinilla del Valle llegó en enero de 2023, cuando se publicaron los resultados de catorce años de investigación en la Cueva Des-Cubierta. El análisis se centró en un conjunto excepcional de cráneos de grandes herbívoros (bisontes, uros, ciervos y rinocerontes) cuidadosamente manipulados siguiendo un mismo patrón, a lo largo de al menos varias generaciones, lo que introduce el concepto de tradición cultural transmitida de padres a hijos. Este comportamiento, datado en torno a hace 40.000 años, no está relacionado con actividades de subsistencia, sino con capacidades simbólicas hasta entonces solo atribuidas con seguridad a nuestra especie.

            Durante demasiado tiempo, la imagen popular del neandertal ha sido la del bruto embrutecido, el hominino torpe superado por la inteligencia de Homo sapiens, nuestra especie. La ciencia lleva décadas desmontando ese prejuicio, y es nuestra obligación como cronistas trasladar ese cambio de mirada. Los neandertales compartían con nosotros el 99% del material genético. Sabemos, gracias a la secuenciación del ADN antiguo, que ambas especies se hibridaron: entre el 1 y el 3% del genoma de los europeos actuales tiene origen neandertal. La existencia del gen FOXP2 (ligado en nuestra especie al desarrollo del lenguaje articulado) ha sido confirmada en el genoma de Homo neanderthalensis. El equipo de investigación de Atapuerca ha avalado esta conclusión mediante el análisis morfológico del oído interno y de las estructuras óseas vinculadas a la producción del habla. Los neandertales, muy probablemente, hablaban. No sabemos cómo sonaba esa lengua, pero sabemos que existió.

Introgresiones genéticas en nuestra especie. Fuente TFG "Arqueología molecular"

            Las dataciones por series de uranio realizadas en cuevas como Maltravieso (Cáceres), Ardales (Málaga) y La Pasiega (Cantabria) han arrojado fechas de más de 65.000 años para algunas de sus representaciones, muy anteriores a la llegada del humano moderno a Europa. A ello se suman los hallazgos de conchas perforadas y pigmentadas con ocre en la Cueva de los Aviones y la Cueva de Antón (Murcia). Los neandertales se adornaban. Se veían a sí mismos. En esa forma de observarse, se puede entender la muerte. En yacimientos como La Ferrassie (Francia), Shanidar (Irak) o la Cueva de Kebara (Israel), se han documentado inhumaciones intencionales: cuerpos colocados en posición fetal, fosas excavadas deliberadamente, en algunos casos con indicios de ajuar. La muerte consciente de un semejante, el gesto de cubrirlo, de no abandonarlo: eso no es comportamiento animal. Es cultura. Es duelo. Es la chispa de algo que reconocemos como nuestro.

            Todo lo expuesto parte de una evidencia incómoda, en Paracuellos de Jarama, pese a la riqueza de su registro lítico musteriense, nunca se ha realizado una excavación arqueológica sistemática en los niveles del Paleolítico medio. Los útiles que nos permiten hablar de neandertales en nuestro término han aparecido de forma fortuita, en superficie, descontextualizados de los sedimentos que podrían datar su deposición, asociarlos a fauna coetánea o revelar posibles estructuras de ocupación. La comparación con los yacimientos del Calvero de la Higuera resulta esclarecedora: fue precisamente la excavación científica y sostenida durante más de cuarenta años la que transformó unos simples dientes hallados en 1979 en el descubrimiento de un santuario de caza neandertal, y en el único fósil humano de la región madrileña. Sin la voluntad institucional de excavar y proteger esos yacimientos, no habríamos sabido nunca de la existencia de la niña “Lozoya”.

            La normativa española establece el marco que ampara estas actuaciones. La Ley 16/1985, de 25 de junio, del Patrimonio Histórico Español, y la Ley 3/2013, de 18 de junio, de Patrimonio Histórico de la Comunidad de Madrid, reconocen los yacimientos arqueológicos como posibles Bienes de Interés Cultural y obligan a las administraciones competentes a adoptar medidas para su conservación, investigación y puesta en valor. La Carta Internacional para la Gestión del Patrimonio Arqueológico del ICOMOS (Lausana, 1990) es igualmente clara al respecto: la investigación arqueológica, incluyendo la prospección y la excavación, no es un lujo académico, sino una responsabilidad ética con la memoria de la humanidad. Estamos seguros que la Dirección General de Patrimonio velará por nuestros intereses patrimoniales, pero creemos que solicitando y tomando la iniciativa de la realización de la prospección sistemática garantiza y refuerza las responsabilidades patrimoniales.

            Desde el punto de vista metodológico, una campaña de prospección arqueológica sistemática en el término municipal de Paracuellos (combinando la revisión de las colecciones ya conocidas con prospección superficial, colaborando con la DG de Patrimonio ) podría generar un conocimiento inestimable. Los objetivos son perfectamente definibles: confirmar y cartografiar los yacimientos musterienses conocidos, documentar su extensión y densidad, evaluar el potencial de conservación de los niveles sellados y, en su caso, proponer áreas de reserva arqueológica. Especialmente donde el movimiento de tierras por el nuevo ensanche Miramadrid 2 podría destruir su huella.  Los neandertales de Paracuellos merecen algo más que la condición de “hallazgos fortuitos”. Son la evidencia de que este territorio fue elegido, habitado y trabajado por una especie humana durante decenas de miles de años. Recuperar esa memoria no es solo una cuestión científica: es también un acto de justicia histórica y de autoconocimiento colectivo. Cada sílex retocado que permanece sin contexto es una frase incompleta de una historia que nos pertenece a todos. Solo hace falta la voluntad de buscarlo.

            Reivindicar esa presencia no es un ejercicio de especulación romántica. Es reconocer que, bajo nuestros pies, en las terrazas de nuestro río y en los barrancos que conocemos desde niños, vivieron y murieron seres que sentían, que pensaban, que hablaban y que tal vez miraron el mismo horizonte desde las mismas cotas que nosotros. Niños/as como “Lozoya”, a cuya sonrisa le faltan sus dientes de leche y cuarenta mil años. Y que merecen, cuando menos, que recordemos que estuvieron aquí. Y que hagamos lo necesario para que la ciencia pueda contárnoslo.

    Por último recordamos que, según la legislación vigente, si encuentras  tecnología lítica, monedas, cerámica o muros antiguos en Madrid, sigue este protocolo legal:

     NO TOQUES: Mantén la pieza en su sitio; extraerla destruye su valor histórico y es ilegal.

    UBICA: Haz fotos y guarda las coordenadas GPS con tu móvil.

   AVISA (48h): Llama al 062 (Seprona), al 091, a la Dirección General de Patrimonio o al Ayuntamiento.


 

Luis Yuste Ricote y Javier Nájera Martínez

Cronistas Oficiales de Paracuellos de Jarama

Bibliografía

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