Noviembre de 1936: noventa años de los días más horrorosos de nuestra historia

     Este noviembre de 2026 se cumplen noventa años de los hechos que convirtieron a Paracuellos en una constante en los libros de historia. La matanza de miles de presos, que nunca se depuraran a los responsables, hizo una herida que permanece abierta décadas después, y que generó que los propios vecinos sufrieran el desprecio al ser acusados de formar parte. La frase: ¡a por ellos que son de Paracuellos! la hemos oído con bastante frecuencia. Por eso, muchos de nuestros mayores evitaban decir de dónde eran para esquivar preguntas incómodas. El sambenito no merecido por de ser de aquí, de Paracuellos, se extendió por muchos años. Hoy con la distancia que dan nueve décadas, creemos que la mejor manera de honrar a nuestro municipio es contarla sin miedo, pero también sin la utilización partidista.
 
 
     Cuando se produce el golpe de estado que desató la Guerra Civil Española en julio de 1936, Paracuellos era un pueblo rural de 1.600 vecinos en la retaguardia republicana. En nuestro municipio no hubo frente de batalla, ni combates significativos. Pero en los primeros meses si hubo represarías contra los vecinos más señalados por su ideología o creencia religiosa. Algunos lo pagaron con su vida, otros tuvieron que esconderse y huir. Después llegó una tensa normalidad impuesta por un estado en guerra: llamadas a filas, racionamiento, el ir y venir de transportes militares. El alcalde del momento era D. Eusebio Aresté Fernández (†1936), oficial panadero de la Cooperativa Popular, un hombre moderado que llegó al cargo el 22 de julio de 1936 tras el pleno extraordinario que entregó el Ayuntamiento a una gestora republicana.

     Lo que ocurrió el 7 de noviembre de 1936 no lo organizó ni lo decidió este pueblo. Llegó de Madrid, y llegó de noche. En la capital, la situación era desesperada. Las tropas de los sublevados franquistas estaban a las puertas. El Gobierno republicano decidió abandonar Madrid hacia Valencia en la noche del 6 de noviembre, dejando al general Miaja al frente de la Junta de Defensa. Esa misma noche comenzaron las llamadas sacas: la extracción masiva y sistemática de presos de las cárceles madrileñas (la Modelo, San Antón, Porlier y Ventas) para trasladarlos supuestamente a prisiones en Alcalá de Henares o Valencia. Su destino real fue otro.
 
      La elección del lugar no fue casual. Un personaje apodado El Pitis, Alfonso García Altares, de Canillejas que conocía la zona porque era cazador furtivo, propuso el paraje de los Cuatro Pinos junto al arroyo de San José, como lugar idóneo para los fusilamientos. Tenía tierra blanda junto al río para abrir fosas, estaba alejado del casco urbano y se encontraba junto a la única ruta practicable entre Madrid y Valencia. Conocía el lugar mejor que los propios vecinos.
 
     En la madrugada del 7 de noviembre llegaron de noche autobuses de dos pisos de la EMT los llamados londinenses, con presos atados de dos en dos por las manos con alambre. El joven Ricardo Aresté Yebes (1917-1995) de diecinueve años e hijo del alcalde, iba camino de abrir la tienda de la Cooperativa cuando oyó el primer estruendo desde el cerro. Se asomó al Picón de Cura, y vio horrorizado los autobuses y los camiones de milicianos armados, y a los presos puestos en línea y siendo fusilados con ametralladora. Lo recordaría el resto de su vida, contaba en una entrevista siendo el primer alcalde tras la restauración democrática: Aquello no se debió nunca de producir. Siempre lo he dicho. Y hoy mismo sigo diciéndolo.
 
    Las víctimas pertenecían en su mayor parte a la clase media conservadora y católica: militares, abogados, jueces, periodistas, escritores, catedráticos, médicos y religiosos. Pero también funcionarios de prisiones, personas con carnet de UGT obtenido antes de 1936, y algunos que simplemente habían sido denunciados por envidias vecinales, deudas o lindes de terrenos. El Cementerio de los Mártires como lo conocemos hoy, alberga en sus siete fosas los restos de entre 1.500 y 4.500 personas. 

     El alcalde Eusebio Aresté preocupado por lo que estaba sucediendo, fue a Madrid a protestar. Le dijeron que diera sepultura a los cadáveres si no quería acabar como ellos. A pesar de las reticencias de los vecinos, tuvo que obligar y organizar a los vecinos con pico y pala para bajar y enterrar a los cadáveres. En total fueron cerca de doscientos los vecinos que fueron obligados a cavar las fosas bajo amenaza de muerte. Nadie quería bajar, nadie. Fue tan grande el trauma ocasionado que les marcó de por vida. Las sacas se prolongaron del 7 de noviembre al 4 de diciembre de 1936: 33 traslados de presos, de los cuales solo 10 llegaron a sus destinos legítimos. Los demás acabaron junto al arroyo de San José y en el Soto de Aldovea, en Torrejón de Ardoz.

     Hubo quienes intentaron pararlo como Félix Schlayer (1873-1950) ingeniero alemán y cónsul honorario de Noruega en Madrid, que descubrió las fosas siguiendo la pista de un ciudadano desaparecido que trabajaba para su legación. Se entrevistó con el nuevo delegado de Orden Público Santiago Carrillo (1915-2012) para informarle de lo que ocurría, pero las sacas continuaron. Ante la pasividad de los responsables de orden público de Madrid, Schlayer elaboró un informe pormenorizado que hoy se conserva en el archivo histórico del Comité Internacional de la Cruz Roja en Ginebra, donde describía las zanjas junto al río y los cuerpos que asomaban de la tierra. A lo largo de la guerra salvó la vida de casi novecientas personas acogidas en la legación diplomática.
 
     El delegado de la Cruz Roja en Madrid, el médico suizo Georges Henny (1907-1991) de veintinueve años, también documentó los hechos. El 8 de diciembre de 1936, cuando viajaba en un avión de la embajada francesa hacia Ginebra llevando consigo las pruebas de lo ocurrido (entre ellas una lista con los nombres de 973 presos sacados de la Modelo los días 6, 7 y 8 de noviembre) el aparato fue derribado sobre Pastrana (Guadalajara). La prensa republicana culpó a la Legión Cóndor. Las investigaciones posteriores señalan que fueron dos cazas soviéticos quienes dispararon por orden del jefe de la NKVD en España Alexander Orlov, para impedir que las pruebas llegaran al Consejo de la Sociedad de Naciones. El periodista Louis Delaprée (1902-1936) que también viajaba en el avión, murió tres días después a consecuencia de sus heridas. Henny sobrevivió y su informe llegó a Ginebra. Actualmente se conserva el archivo del CICR.

    Las sacas finales fueron detenidas gracias a Melchor Rodríguez García (1893-1972) apodado posteriormente como el Ángel Rojo, anarquista sevillano nombrado delegado de Prisiones, que se enfrentó a la Junta de Defensa para impedirlas y salvó entre siete mil y diez mil vidas. Portaba siempre una pistola al cinto que llevaba descargada, porque como predicaba, se puede morir por las ideas, pero no matar por ellas.
 
      Cuando la guerra terminó el 1 de abril de 1939, Paracuellos pagó un precio muy alto por lo que había ocurrido en su término municipal sin haberlo pedido. El alcalde Eusebio Aresté fue detenido en el propio Ayuntamiento, torturado y ejecutado junto con otros concejales en el cementerio del Este de Madrid el 2 de diciembre de 1939. Su delito, ser parte de la organización política municipal durante las matanzas. Semanas después se publicó su indulto. Sus restos siguen en una fosa común en el cementerio de la Almudena sin identificar pese a las reclamaciones de su familia.
 
  Ya va siendo hora de que España aprenda a mirar este pasado sin usarlo como arma arrojadiza política. La frase que reconforta y define hoy a muchos españoles que prefieren avanzar y mirar hacia adelante: Los muertos de uno y otro bando son mis muertos, es muy necesaria. Por eso tenemos que recuperar a cientos de personas que siguen en las cunetas de las carreteras o junto a las tapias de los cementerios. Nuestro Cementerio de los Mártires sigue allí, a las afueras del pueblo, junto al río. Es un lugar de recuerdo y de memora de víctimas inocentes de una barbarie, que tenemos la obligación de mantener y conservar. La identidad de las víctimas quedó borrada bajo la urgencia y el secretismo de los ejecutores, pero su memoria permanece, y es un claro ejemplo de a donde conduce el odio. ¡Que no vuelva a ocurrir! 
 
Luis Yuste Ricote y Javier Nájera Martínez
Cronistas Oficiales de Paracuellos de Jarama 


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